Nunca jamás lo creí

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No creo en el karma. No creo en Dios, no creo en las coincidencias ni en el destino. Hay muy pocas cosas en las que creo, pero cada vez que gano un juego siento reafirmarse mi mala suerte en el amor.
Sí, creo en los balances del universo, entonces me parece razonable que si uno tiene buena suerte en el juego, tenga mala suerte en el amor y viceversa. Además, me parece perfecto lo amplio del dicho: ¿de qué juego estamos hablando? ¿De qué amor?
Quizás me debería ir a encerrar a un casino, ¿quién dijo que la plata no compra la felicidad? Juro que siempre que me enseñan a jugar algo por primera vez gano: carioca, escoba, cacho, póker, blackjack. Me subestiman y gano. No me creen con suerte, me creen amateur pero soy la profesional de la suerte. Por otro lado soy una maestra del sudoku y campeona regional de trivium.
(Aunque no sé si eso lo consideraría suerte.)
(Y no soy campeona regional. Aún.)
La primera mitad de mi adolescencia la pasé agarrándome a las sobras de los zorrones que no se agarraban mis amigas, o a los que les bajaba por el fetiche de agarrase a la mina que usaba demasiado delineador.
Sería.
Después pololeé casi dos años que hoy parecen un glitch en la matrix de mi biografía, ya que después de eso volví al ritmo anterior, pero esta vez más grandecita. Puros agarres desastrosos y amores imposibles. Mala suerte.
Hoy en día, lo doy todo en el terreno del chat de facebook, pero con ninguna intención de arreglarme y salir de mi casa a enfrentar a los seres varones. Salgo de mi casa a las casas de mis amigos que me reciben con gusto en pijama y rimmel. Rimmel que me despego de las pestañas, cuando me devuelvo a casa con cero estragos, pero que generalmente se me termina de despegar en la ducha, al día siguiente, dejándome esas ojeras de mujer golpeada que reconfortan porque no tienen nada que ver con golpes: más bien, con pasarlo demasiado bien como para preocuparse del exceso de maquillaje.
Una vez al mes me hago cargo de mis conversaciones por facebook y salgo con vestido en vez de pijama y con más que rimmel. No me reconozco en el espejo. En la ducha del día siguiente, las ojeras de rimmel cambian de connotación, ahora se llaman error, no restos de diversión. No son errores graves, es solo mala suerte. Los encuentros graves son para llamar a los pacos y no tienen nada que ver con mala suerte.
Mi mala suerte tiene que ver con elegir al azar y que el azar me entregue pésimos resultados. Jurar que por tener un par de diez en la mano la hiciste y que alguien salga con un trío de cualquier hueá pateándote el trasero. (Sí, juego póker). Que el-chat-de-facebook-que-se-quedó-solo-el-viernes sea lo que hay. Y uno jurando que tenía opciones. Trío de cualquier hueá que se repite ganándole siempre a tu mano penca. Ilusa.
Entonces, en otro chat de facebook (con el que no pasa nada) me informan:
H: Ayer estaba en el carrete y pregunto: ¿Quién hizo la mano? Entonces el Mati me dice: una de las minas del Jorge.
H: ¿Una de las minas? Dije yo. Sí, si ese hueón tiene caleta de minas.
(Entiendo por qué me cuenta, pero no sé para qué.)
H: Pero Julia, ese hueón se jotea puras minas nefastas.
J: Sí po, porque es un idiota.
H: Ya pero tú…
Yo qué. De qué me sirve que me digan que soy mejor, yo sé que soy mejor pero lo mejor no gana, lo mejor no se lleva el pozo mayor. Se lo llevan esas minas que le están haciendo el show que uno no hace. Que uno no hace por dignidad y respeto propio (he ahí lo de ser mejor).
No te voy a celebrar que hayas leído a Salinger, había que leerlo en el colegio. No te voy a celebrar que toques guitarra, todos tocan. No voy a venderme diciendo que soy bacán porque soy mina y tomo chela y escucho rock. Tremenda gracia, eso dejó de ser interesante desde que las mujeres podemos votar (más o menos desde los ‘50s). Pero ustedes alucinan, porque es lo más cercano que tienen a que se los mamen sin tener que darles tres piscolas.
Entonces yo pierdo y no ganar duele igual, aunque sea perder con dignidad. Duele porque es injusto, porque la ficción me dijo que no funcionaba así, que la dignidad era bacán.
Mentira. Una igual quiere que la inviten al carrete para poder decir que no puedes ir, pero que te inviten. Aunque claro, para qué te van a invitar a ti, aburrida, que ganas en los juegos que no conocen, por pura suerte, porque debes hacer trampa.
Resulta que no hago trampa porque no sé jugar. Es pura suerte. Por eso tengo mala suerte en el amor.

Mala suerte en el amor y buena suerte en el juego

 

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