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El Canto del Dinero

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Hola. Estoy en Ámsterdam, en una coctelería. Pretendía pagar el gintónic con mis billetes de banco de curso legal, pero no me dejan. Me exigen la tarjeta de crédito. Y me cuentan que en Dinamarca, que es el país más rico de Europa, el papel moneda dejará definitivamente de circular el año que viene.





Dada la velocidad con que se desarrolla y expande la revolución digital, que está transformando el mundo y al ser humano como no lo hicieron ni la máquina de vapor ni la penicilina ni la Revolución francesa ni la rusa, no cabe duda de que pronto hasta en la pensión más galdosiana de Lavapiés el catre chirriante y el plato de acelgas rehogadas también habrá que pagarlos con Visa. No aceptamos tus mugrientos billetes de banco, tío cochino.


Y lo siento mucho porque a mí -lo confieso aún a riesgo de parecer original- el dinero me gusta, incluso a veces creo que demasiado, quizá porque no he sabido ganarme su aprecio sincero y a él tampoco le gusta andar conmigo. Yo no padezco la triste suerte del ricacho que se aburre y no sabe cómo quemar los billetes y anda por las ventas del camino reclamando guitarras y flamenquito. Yo padezco El complejo de dinero que con tanta gracia describe la deliciosa Franziska von Reventlow (editorial Periférica).





Pese a lo que dijesen los poetas del Barroco, que lo denostaban tanto como lo anhelaban, los neurólogos y psicólogos de hoy y hasta Punset han aclarado que el dinero sí trae la felicidad, como el gran realizador de sueños que es.

Ese Proteo viene adoptando a lo largo de los siglos la forma de sacos de sal (de ahí salario), de cabezas de ganado, de monedas de oro, luego de plata, luego de cobre, luego de los tres metales, luego del papel moneda, luego del talón firmado… y ahora es una simple anotación contable consignada mediante un ingenio electrónico. Una abstracción angustiosamente intangible…

…Pero que deja un rastro digital imperecedero. Con la desaparición de los billetes de banco, el Estado y la casa Visa y todos sus socios y colaboradores controlarán en todo momento dónde estás, qué compras, a quién le das tu dinero. Esto a mí me parece más propio de los estados totalitarios que de las sociedades abiertas y las democracias avanzadas.





Sin el dinero líquido perderemos libertad y anonimato, y ese lubricante de las relaciones sociales, esa suavidad tan humana de lo no pautado ni controlado por la policía. El pordiosero, el menesteroso, está condenado a la extinción, pues raro será que pida limosna blandiendo la maquinita de la Visa, y las viejecitas viudas y solitarias que no podrán ejercer la caridad se sentirán más inútiles y solas. El fisco sabrá cuándo a escondidas de tu marido le echas una ayudita a tu hijo, que está canino. La propina generosa, gracias a la que me he granjeado la cordialidad -no sólo interesada, también de humano reconocimiento- de diez mil camareros, será abolida. Tendrá razón Larkin en su célebre poema, Escucho el canto del dinero. «Es como mirar desde una ventana alta una ciudad de provincias, sus barrios, el canal, las iglesias adornadas y chifladas al sol de la tarde. Es intensamente triste»

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